Dispensadores de cariño

Operan al límite de su viabilidad económica, pero son más necesarias que nunca para los pocos habitantes del mundo rural, sobre todo, tras los estragos de la pandemia. Farmacias y botiquines de pueblo venden hoy más confianza que pastillas

Puente Arenas cuenta con un nuevo botiquín desde hace unos días. – Foto: Luis López Araico

Aureliana María García, Aure para sus vecinos, instaló su farmacia en Nofuentes a finales de 2008. Lo hizo en el edificio de lo que fueron las antiguas escuelas del pueblo, reconvertidas ahora en un pequeño y abigarrado mostrador de cara al público y en un almacén adyacente donde se gestionan y ordenan los medicamentos, vacunas, cremas, etc., etc. Alrededor de su negocio todo es silencio:calles y pisos vacíos de veraneantes, casas en venta, huertos ya sin cosecha y alguna que otra chimenea humeando de los pocos que viven. 

En los primeros años, iba y venía de Burgos todos los días en coche, luego decidió instalarse en Medina de Pomar y hoy se siente parte de este hermoso entorno rural de Las Merindades. «Trabajé en una farmacia en la capital, pero allí no tienes el contacto con la gente que sí encuentras aquí. Son muy pocos, pero se compensa con su cercanía.Es muy gratificante…».

Aunque pueda parecer lo contrario, la semana de Aure tiene su trajín. El trabajo se reparte entre la farmacia de Nofuentes y los botiquines que regenta en Sotoscueva, desde diciembre del pasado año, y la Junta de Traslaloma, en Castrobarto, desde hace unas semanas. Son unos cuantos kilómetros de coche para recorrer un territorio que apenas agrupa los 815 vecinos en el censo, algunos de ellos permanentes, aunque también los hay que vienen y van a Bilbao o Burgos a lo largo del año. Noviembre y diciembre son, quizá, los meses más inhóspitos del otoño rural burgalés.

«La mayoría de los que se quedan o residen son mayores y vienen de unos meses muy duros por la pandemia. Me dolía ver la situación de los abuelos. Mucha veces no sabía ni qué hacer para que no sufrieran, porque han sufrido un montón, la verdad», reflexiona.

Aprovechando la visita para reponer las dosis de medicamentos habituales, «buscaban alivio, una palabra de consuelo, de cariño… Siempre les decía que ‘no pasa nada’, que ‘esto va a pasar’ y como lo decía la farmacéutica -pensaban- igual llevaba razón…».

Mientras recorta los prospectos de la caja de pastillas para la tensión, las del corazón, para la diabetes o el colesterol («esto es sota, caballo y rey», resume) hay tiempo de sobra para la charla de tú a tú con el cliente, sin cita previa y por su nombre de pila, hablando de salud o de lo que se tercie. «Yo me río mucho, soy una persona optimista».  

La farmacia rural en Burgos tiene mucho más de vocación que de negocio. Es un trabajo tranquilo y sin guardias nocturnas («aquí sería un absurdo»). Los lunes, miércoles y viernes acude a Sotoscueva, donde pasa dos horas por la mañana.Los martes y los jueves a la tarde, de 16,30 a 18,30, viaje hasta a la Junta Traslaloma.

Además de prestar servicio a los últimos rincones del territorio provincial, los botiquines son el alivio para las VEC, las farmacias de Viabilidad Económica Comprometida, las que tienen un ratio de ventas inferior al establecido para estos establecimientos. No hay más ayudas económicas.

«Soy siempre bienvenida», dice con una gran sonrisa. «No me hago rica con esto, ni tengo grandes lujos y durante los inviernos se pasa mal, pero se compensa con otras cosas…».

Aure está convencida de que el médico y la farmacia son vitales para sostener el mundo rural. «Su mantenimiento es esencial, sería un atraso perder estos servicios», sentencia.

«Cosa de todos». Puente Arenas, en pleno Valle de Valdivielso, inauguró el pasado martes su botiquín en la Casa del Concejo, a orillas del río Ebro. Es una pequeña estancia regentada por Lola Peña,  la joven representante de la quinta generación de farmacéuticos radicados en Villarcayo y que en su día tuvieron despacho en este hermoso pueblo que hoy suma 95 vecinos, muy lejos de los 800 que puede llegar a tener en pleno agosto.
Puente Arenas ha tenido farmacia siempre, pero recientemente la perdió, pues la titular optó a una plaza en Miranda de Ebro, lógicamente, un enclave mucho más rentable para este tipo de negocios. Hasta el pasado viernes 5 de noviembre, contaba con la alternativa de un botiquín, es decir, una farmacia por horas, que también cerró sus puertas. 

Lola volvió a reabrir el botiquín el día 16. No lo hizo sola, explica con agradecimiento, pues los vecinos le ayudaron en el adecentamiento del despacho, el pintado y raseado de unas paredes afectadas por una crecida del río hace dos años, e incluso hubo alguno que se apañó en la fabricación de las estanterías que hoy lucen llenas de productos. 

El jueves -su segundo día de apertura- los vecinos hacían cola para abastecerse de los medicamentos esenciales. «He tenido un recibimiento muy caluroso, incluso me invitaban a comer a sus casas. Es un trabajo muy agradecido…».

Son dos horas de servicio, las justas para evitar el viaje a Villarcayo para muchos vecinos del Valle. Lola está notificando su teléfono y su whatsapp a la clientela para que le anticipen sus pedidos, incluso quiere hacer valer sus conocimientos en dermofarmacia. Todo vale. 

Cuatro cierres. En los últimos años han cerrado 4 farmacias en Burgos por falta de viabilidad, en la mayoría de los casos porque no hay clientes suficientes para generar un negocio rentable. Actualmente, hay 16 consideradas VEC, con viabilidad económica comprometida, buena parte de ellas en el mundo rural aunque también las hay en otros entornos urbanos. 

Pese a estas dificultades, en Burgos operan en la actualidad 200 farmacias, 107 de ellas en la provincia. El ratio de farmacias por habitante es uno de los más elevados de España, donde se alcanza una media de 2.000 habitantes por despacho, y con la particularidad de que este servicio está ordenado por ley, distanciando unos negocios de otros para intentar dar cobertura a la totalidad de la población. 

«Otra cosa es la despoblación, pues las cuatro farmacias que han cerrado -algunas con más de 20 años de trayectoria- se han ido a Cantabria porque los pueblos se están quedando vacíos», reconoce Miguel López de Abechuco, presidente del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Burgos (COFBU).

La solución de los botiquines, que disponen de servicio de tarjeta electrónica y distribución de medicamentos, ha permitido cubrir hucos en los territorios más desabastecidos y, a la vez, ampliar el negocio y reforzar a las farmacias rurales más próximas garantizando su continuidad. «Lo importante es que la población mayor este atendida, ese es el objetivo». 

Una farmacia debe estar abierta al público un mínimo de 40 horas a la semana en núcleos urbanos y 30 en los rurales. «De los farmacéuticos se valora su cercanía y la confianza que genera una persona que conoce tu salud (e incluso la de tus familiares) y sus conocimientos». Son valores que han cobrado toda su dimensión en los meses más duros de la pandemia y especialmente en los enclaves más solitarios. 

Sostenibilidad. López de Abechuco considera positiva la iniciativa de los botiquines rurales, aunque se están negociando más alternativas para reforzar la sostenibilidad de todo el sistema.

En este sentido, los farmacéuticos quieren que las Administraciones Públicas, principalmente la Diputación, se impliquen y remuneren alguno de los servicios que prestan, especialmente entre la gente más mayor y con problemas cognitivos. En concreto, los farmacéuticos preparan los medicamentos para este tipo de pacientes en los denominados sistemas personalizados de medicación, que permiten revisar, controlar el consumo y renovar las existencias. «Supone un coste de material, de horas de trabajo en el que deben participar las Administraciones».    

Fuente: Diario de Burgos

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